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Recuerdo que al final de cada clase de baile, la profesora nos ponía a hacer estiramientos y ejercicios de relajación. De normal, al ser la más pequeña del grupo, solía tener menos paciencia con las respiraciones, los tiempos, las espacios y todo aquello que implicara una pausa para pensar. No obstante, el peor momento con diferencia era el ejercicio del peso. La buena mujer te hacía cerrar los ojos, calmar la respiración y concentrarte en un punto del cuerpo, entonces como en trance empezaba a hablar de pesos, de consciencia y de existencia. Siente como tu cuerpo se  hunde y pesa, siente el espacio que ocupas en el mundo. Y a mi de veras que se me olvidaba hasta respirar. La responsabilidad de llenar con algo ese espacio vital, con algo real, algo que mereciese la pena, me agobiaba casi más entonces qué ahora. Hoy pensando en los vínculos me ha venido esta idea a la cabeza. ¿Es posible tener algo sólido con alguien si tú mismo no te sientes dentro del mundo, si levitas y no eres corpóreo, si huyes de quien eres? ¿Es posible tener una relación más real al principio cuando todo es fluido y nadie habla de culpas y responsabilidades, cuando no intentas ser el reflejo de una pretensión porque ésta aún no ha tomado forma en la mente de la otra persona?

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